Arrecifes de coral se quedan en silencio

Aunque los humanos no puedan oírlo, los arrecifes de coral suenan tanto como las selvas tropicales. O sonaban. Un estudio en la Gran Barrera de Coral australiana muestra cómo el arrecife se está quedando en silencio. Degradada por el impacto del cambio climático, una parte creciente de este ecosistema está perdiendo buena parte de la vida que albergan. El problema es que sin ese ruido, las larvas y alevines que se guiaban por estas pistas sonoras para cobijarse entre los corales, se pierden en el mar abierto. Y eso es malo para los pequeños y para todo el arrecife.

El parque nacional de la isla de Lizard, en la porción norte de la Gran Barrera de Coral, ha sufrido en los últimos año el impacto de dos fuertes ciclones, uno de categoría 5. En 2016, además, sufrió un evento de blanqueamiento masivo, en el que se perdió el 60% del coral. Lo arrecifes coralinos tienen una gran capacidad de recuperar su estado previo (resiliencia) a estos impactos. Pero el calentamiento global está multiplicando la intensidad y frecuencia de estos fenómenos, lo que está llevando a lugares como Lizard a un punto de no retorno. Y la pista para ello es el silencio.

En 2012, antes de los ciclones y de tal mortandad de coral, un grupo de investigadores australianos y británicos grabaron la vida en 10 de puntos de la laguna marina de la isla de Lizard. Registraron cuatro parámetros diferentes: complejidad acústica, riqueza sonora, el número de sonidos diferentes y el nivel de presión sonora, medido en decibelios. Como en las selvas, todo ese ruido es un indicador de vida, de un hábitat en forma. De hecho, tras el desove y fertilización, los huevos de los peces se mueven al capricho de las corrientes. Pero, tras eclosionar, las larvas y alevines siguen estas pistas sonoras para regresar a la casa de sus padres. Todo había cambiado cuando repitieron las audiciones en 2016.

“Es desolador oírlo. Los habituales chasquidos, ruidos, chirridos y parloteos de innumerables peces e invertebrados han desaparecido. La sinfonía del mar está siendo silenciada”, dice el biólogo de la Universidad de Exeter (Reino Unido) y principal autor del estudio, Tim Gordon. Entonces fueron un paso más allá y realizaron un experimento para averiguar el impacto de tanto silencio sobre la conducta y pautas de asentamiento de las nuevas generaciones de peces.

Tal y como publican en PNAS, reprodujeron el paisaje sonoro de 2012 y el de 2016 en una serie de localizaciones de la isla. Como elemento de control, añadieron grabaciones del sonido casi plano del océano. “No hubo una diferencia significativa entre el número de peces atraídos por los sonidos postdegradación y los de mar abierto, pero el sonido de predegradación atrajo un 40% más de peces que los otros dos”, explica Gordon.

Puede seguir leyendo en El País

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